#56: Churchill
Serie mis mejores ensayos. Pieza originalmente publicada 25/03/2017.
Escribió Disraeli que en el estudio de la historia se presta demasiada atención a los hechos y poco a las personas cuando la mejor manera de aproximar lo primero es estudiando lo segundo. Y si hay un personaje significativo en el siglo XX ese es Winston S. Churchill: nadie vivió con tanta intensidad, fuerza y energía; y nadie tuvo una mayor incidencia en una gran variedad de temas.
Sobre su figura, compleja, poliédrica, con tantos éxitos como fracasos, se ha escrito muchísimo (Andrew Roberts estima que llevamos ya más de mil libros sobre su persona). Además de la sobresaliente y exhaustiva Churchill de Jenkins, canon de biografía política y de la más reciente y definitiva del citado Roberts, Paul Johnson escribió en 2009 una breve semblanza del político inglés disponible también en castellano es una edición fantástica aunque no fácil de encontrae. Se trata de un retrato sintético que permite aproximar la gigantesca figura del personaje en pocas palabras sin renunciar a nada de lo esencial.
El texto de Johnson permite entender el por qué de la importancia de Churchill y su impacto fundamental en el siglo XX: pocos personajes han hecho tanto por defender las libertades y el conjunto de valores que asociamos a Occidente, y pocas vidas permiten una lectura tan enriquecedora y con tantos aprendizajes como la de Winston Churchill.
Churchill en su 20s. Nunca fue un alumno brillante, su padre no lo quiso enviar a Eton sino a la academia militar de Sandhurst.
Personaje histórico gigantesco
Churchill es el gran estadista del siglo XX, y el mejor estadista producido por Gran Bretaña. El primer político en advertir sobre los peligros del nazismo o de los primeros en advertir el «crimen atroz» que suponía para la humanidad el auge de Lenin y los bolcheviques, mientras que un superficial y frívolo Presidente Wilson se congratulaba de dichos cambios. Acabada la Segunda Guerra Mundial, será el primero en anticipar la incompatibilidad de base entre el sistema soviético y la Europa democrática advirtiendo de la ineluctable división que suponía el “Telón de Acero” que marcará el mapa geopolítico de la segunda mitad de siglo. Ya avanzada su carrera, en agosto de 1950, en un discurso en Estrasburgo, advirtió sobre la amenaza que suponía para Europa la burocracia de Bruselas y la importancia que debía tener el Parlamento fiscaliza le si la empresa europea quería tener éxito.
Esta agudeza contrasta con muchos otros e importantes errores de juicio en otros temas. No supo ver la amenaza que suponía el rearme japonés en el Pacífico y que resultaría trágico en 1941 y 1942 marcando la debacle británica en Extremo Oriente. Más importante será su error de cálculo cuando siendo Secretario del Tesoro fijo el retorno al patrón oro del Reino Unido a la paridad de antes de la Gran Guerra -cuando la situación económica del país nada tenía que ver con aquella-, origen de no pocos problemas para el conjunto del sistema financiero internacional, como bien sí supo anticipar entonces Lord Keynes.
Pese a todo, sus éxitos como estadista serán más que notables. Churchill sabrá sacar provecho para los británicos del vacío que dejará el colapso del imperio otomano en Oriente Medio. En clave partidista, si bien tuvo un gran éxito como orador, -siempre entre los mejores sin discusión en la Cámara-, su olfato político le fallará más de una vez haciéndole estar en la bandada perdedora en no pocas ocasiones. Sirva de ejemplo cuando se enroco defendiendo al de inepto de Eduardo VIII en vez de a su hermano, el futuro Rey Jorge VI para desesperación de su mujer, Clementine, en general más sagaz que su adusto marido.
Su apetito por la vida hizo de él una figura desbordante: en las cenas procuraba beber únicamente champán, Pol Roger su favorito (el de 1928), fumaba puros -mejor dicho: dejaba que se consumieran, al no inhalar el humo-, Romeo y Julieta sus preferidos de los que podía “fumar” a su manera ocho o diez; le gustaba la caza, el polo, pintar -fue, de hecho, un pintor más que notable (sobreviven 250 cuadros de los 500 que pintó, todos hoy altamente cotizados)- y, pese a que nunca fue un buen estudiante ni tuvo una formación académica muy profunda, consiguió desde muy temprana edad un dominio exquisito del lenguaje. En efecto, Churchill amó la lengua inglesa, dejando entre 8 y 10 millones de palabras escritas, más que Dickens y Shakespeare juntos, siendo además premiado con el Nobel de Literatura.
Una de las cosas que más destacan de su figura fue su extraordinaria capacidad de trabajo. En una ocasión le dijo a Baldwin que era capaz de escribir dos mil palabras al día. Sus memorias de la Segunda Guerra Mundial, el primer testimonio clave del genero y quizás su obra esencial, constan de dos volúmenes y 2.050.000 palabras. Por ponerlo en contexto Gibbon utilizó unas 1,1 millones de palabras en su clásico Declive y caída del Imperio Romano. Su basta obra literaria incluye una historia de los pueblos de habla inglesa, una biografía a su célebre antepasado Duque de Marlborough, o sus propias y recomendables memorias. Este intenso trabajo intelectual, como decíamos, le valió el Premio Nobel de Literatura además de suponerle una muy lucrativa fuente de ingresos. Tuvo siempre una gran habilidad para poner en valor sus palabras escritas siendo el periodista mejor pagado de su tiempo. Ganó mucho, pero gasto incluso más: fue un sibarita de la vida para quién los ingresos únicamente servían para poder gastar.
Churchill fue un político moderno -avanzado en muchos aspectos- que supo cuidar y cultivar su imagen, popularizando sus uniformes y su figura asociada a su inseparable puro y el signo de la victoria que caracterizó sus apariciones en tiempos de guerra.
El gran aprendizaje de Churchill es su capacidad para reponerse de todo tipo de golpes y reveses, ya fuesen políticos, emocionales, o incluso físicos. Estando en Nueva York, el 13 de diciembre de 1931, cruzó la Quinta Avenida de noche mirando en dirección opuesta -como nos sucede a muchos cuando viajamos a Londres- fue atropellado por un coche. No murió de milagro, sufriendo graves lesiones. Con todo no perdió el conocimiento y lo primero que hizo es reconocer que el accidente había sido culpa suya. La recuperación fue dolorosa. Estando aún en mejor hospital redacto un artículo en donde expresaba su tenacidad ante la adversidad del accidente así como un reflexión sobre su rica y practica filosofía de vida. Recibió 600 libras por los derechos de autor del articulo que se imprimió en todas partes.
Como la mayoría de su generación, Churchill desconoció realmente los mecanismos de los mercados financieros y nunca fue un buen inversor o un buen gestor de sus finanzas. De manera anecdótica, fue testigo directo del crac del 29, estando esos días fatídicos en Nueva York, y en donde personalmente perdió grandes sumas de dinero. Pero fueron contratiempos menores de los que siempre supo salir fortalecido. Será justamente en estos años cuando empiece su «gran travesía en el desierto», cuando prácticamente en solitario será el único que vislumbre con claridad meridiana la grave amenaza que suponía el auge de Adolf Hitler, para su amada Inglaterra y el resto de Europa. Churchill, que fue de los pocos que leyó con atención Main Kampf de Hitler y no minimizo los riesgos que suponía. Fue etiquetado de iluso y pronto quedaría al margen del grueso de la élite Europea.
Churchill tuvo una capacidad de trabajo estajanovista; convirtió Downing Street en una «dinamo» encluso pasados los 60s era capaz de encadenar maratonianas jornadas de trabajo.
Última línea de defensa de Occidente
El pacifismo era moda y consenso en los años 30s, aunque con la perspectiva del tiempo hubo más insensatez y cobardía que otra cosa. Los Británicos redujeron sus efectivos y equipos militares mientras Alemania se rearmaba hasta los dientes. Un joven John F. Kennedy -que admirará profundamente al estadista inglés por su coraje-, realizará su tesis de final de carrera sobre este tema con el sugerente titulo ‘Why England Slept’, que se publicará después con bastante éxito y que hoy es un opúsculo todavía de gran interés. Churchill siempre mantuvo una posición incomoda en la Cámara alertando insistentemente sobre los riesgos se Hitler y la temeridad que suponía bajar la guardia. En este sentido, su manera de pensar fue tremendamente «antifrágil» -sana prudencia- que ha popularizado de un tiempo a esta parte el filosofo Nassim Taleb. Miradas las cifras con posterioridad, y como siempre sucede, parece sorprendente que nadie más advirtiese la amenaza de Hitler-Mussolini, unidos por el «Pacto de Acero», que juntos sumaban 800 bombarderos en comparación a los 47 por el bando británico. Esta situación contrastaba con los años previos a la Primera Guerra Mundial, con Churchill como Lord del Almirantazgo y dedicado en cuerpo y alma a visitar todas las bases navales en el continente y supervisar el cambio de la flota de motores a carbón a motores que funcionaban con petróleo, y engrasando, en general, la maquinaria militar británica.
Este elemento por sí solo ya hubiera dado fama inmortal a Churchill. El punto de mayor estrés llegaría con el error de la capitulación de Múnich en 1938, -cuando se dejó a Hitler engullir Checoslovaquia-. Un evento que convertía en inevitable una segunda gran guerra a gran escala en la que, además, los aliados partían en una posición de fuerte desventaja con respecto al nutrido y engrasado ejército Alemán. Ahí queda su discurso del 5 de octubre de ese mismo año, su discurso más triste, y también de los más impactantes y premonitorios.
Churchill volvió a primera línea de la política mundial en Agosto de 1939. Ese año Hitler había intensificado la maquinaria de guerra construyendo más de 200 submarinos ante la pasividad de Gran Bretaña y Francia. En esa misma estación, cerraba el acuerdo con Stalin para repartirse Polonia -siguiendo pies juntillas el curso de acción descrito por Churchill años antes-. El 1 de septiembre, las tropas nazis invadían Polonia que quedaría a merced de dos de los peores regímenes totalitarios de la Historia de la humanidad. A los dos días, Reino Unido y Francia declaraban la guerra a Alemania. Churchill fue entonces propuesto de nuevo como primer Lord del Almirantazgo y se integró en el Consejo de Guerra de seis miembros donde su presencia será definitoria en el curso de los acontecimientos negándose siempre y taxativamente a negociar con Hitler: “We shall never surrender”. Su posicionamiento político no fue una pose, ni surgía del pragmatismo, tuvo siempre una marcada articulación moral; de ahí su fuerza, y también solvencia en su temprano análisis.
Su voz y energía volvieron a la Cámara y al conjunto del pueblo británico a través de la BBC Radio, y de nuevo su dominio de las palabras y apasionada retorica volvían hacer vibrar con fuerza los ánimos del país. Es también entonces cuando inicia una intensa relación epistolar con Franklin D. Roosevelt -más de un millar de cartas y unas Navidades, las de 1940, ya como PM, juntos en la Casa Blanca-. Se trato de una buena relación, no exenta de recelos, -FDR desconfió más del imperialista Churchill que del comunista Stalin-, que resultará fundamental en la coordinación del esfuerzo bélico entre ambas potencias, uno de los elementos centrales en la derrota de Hitler (el otro será el propio fanatismo de del líder nazi).
El instante más oscuro
En mayo de 1940 la situación para los aliados era dramática: las tropas alemanas iniciaban su ofensiva definitiva contra Francia, y Chamberlain había ya dado muestras de su incapacidad para gestionar el esfuerzo bélico británico. Es entonces cuando emerge la figura de Churchill “his finnest hour” em feliz expresión del historiador Max Hastings- nombrado nuevo PM por el Rey, en consenso con las fuerzas de la época, para liderar al país en aquella situación tan difícil y aciaga. Contaba con la preparación y la experiencia de tres vidas, después de años alejado de la vida de Partido no tenía ninguna hipoteca, y debido a que durante los seis años anteriores había repetido y detallado los riesgos de la amenaza nazi, tenía todo el autoritas del mundo para liderar el destino de Gran Bretaña en sus horas más duras.
Retrato oficial de WSC con semblante serio en 1941 como Primer Ministro en guerra. Su personalidad, energía, talento, visión, liderazgo y fe en la victoria serán definitivos en la victoria aliada contra el Nazismo.
Churchill supo poner su capital político y moral al servicio de su cargo, su país y la difícil situación de país. El Rey Jorge VI -que no empezó con buen pie con Churchill- afirmó: «no puedo tener un PM mejor». Johnson argumenta con claridad que el «factor Churchill», en referencia a la rectitud moral y aguante de Churchill frente al nazismo -del que luego ha escrito con más gracia que rigor Boris Johnson- fue decisivo en la victoria contra el holocausto Nazi. Es decir, sí, en ausencia de Churchill, un solo hombre, Hitler no habría encontrado ninguna resistencia y probablemente, tras el pacto con los Soviéticos. se hubiera hecho con el control del continente.
Preparando su legado
La derrota electoral de 1945, -amarga por su carácter sorpresivo-, marca el inicio de la recta final de su carrera política. Pese a que seguirá en la cámara y será un férreo punto de anclaje en la defensa de los principios del liberalismo tory, su influencia ya nunca volverá a ser la de en tiempos de guerra -pese a su vuelta al 10 de Downing Street en 1951-. Sin embargo, como bien avanzo (de nuevo) su inteligente mujer Clementine, la pérdida de las elecciones tendrá la forma de cisne negro positivo ya que, primero, le ahorró tener que lidiar con una economía y país arruinado por la Guerra, y le permitió disponer de tiempo para escribir. Es entonces cuando Churchill volcó toda su energía -que no era poca- en escribir sus memorias de la Segunda Guerra Mundial. Hitler y FDR ya estaban muertos, y Stalin desistió de escribir nada pensando -iluso- que la maquinaria estatal se encargaría de escribir su historia. Esto daba a Churchill una posición única para escribir la primera gran versión en primera persona de qué fue y como se había desarrollado la 2GM.
El primer volumen se publicó en mayo de 1947 convirtiéndose rápidamente en uno de los libros más exitosos y galardonados de la historia. El contrato ascendió a 2.23 millones de dólares, unos 50 millones en la actualidad. Más tarde todavía tendrá energía para escribir otro libro notable e igualmente ambiciosa: Historia de los pueblos de habla inglesa.
Pese a la perdida de las elecciones de 1945, también de las de 1950, y tener asegurada cierta comodidad económica, siguió por pasión y convicción en la Cámara de los Comunes desde donde apoyó a jóvenes líderes de su bancada y, en la medida de sus posibilidades -que entonces eran pocas- oponerse a los programas de nacionalización de los Laboristas, el auge del sindicalismo (que tan letal seria a la larga para la economía inglesa) o la abolición del Servicio Nacional de Salud.
Churchill tendrá un dulce declive recibiendo durante los últimos años de su vida multitud de reconocimientos y honores de todo tipo. En 1963, Kennedy le concedió la Ciudadanía Honorífica de Estados Unidos, el máximo reconocimiento que otorga la nación americana a un ciudadano extranjero.
Churchill tuvo una fama de simpático; como cualquier político coleccionó enemigos y detractores pero nunca fue una persona vengativa, rencorosa o maliciosa. Al contrario, fue una persona afectuosa y benévola con sus adversarios, teniendo siempre un trato cordial y conciliador con sus rivales políticos pese a su mordaz elocuencia dentro del parlamento.
Una vida de la que aprender
Pocas vidas han sido tan bien vividas y resulta difícil pensar en que alguien pueda aspirar a igualarla en amplitud y variedad de éxitos en tantos frentes. Pero sí que su aproximación permite extraer potentes aprendizajes. Paul Johnson, que firma una biografía inmejorable, destaca especialmente cinco aspectos que explican su apabullante éxito.
La primera lección es siempre ambicionar lo máximo. Apuntar alto, incluso, como sucede en el caso de Churchill, no se cuenta especialmente con refuerzos positivos que animen y alienten esta sana ambición. Churchill no siempre consiguió sus objetivos, pero su ambición siempre le llevo a logros que valiesen la pena. Segundo: hoy hay atajos para con el trabajo duro. Durante toda su vida, Churchill fue un trabajador enérgico e infatigable, procurando siempre mantener un sano equilibrio entre placer y trabajo, alternando etapas de gran esfuerzo intelectual y físico con momentos de asueto reparador. En tercer lugar, y quizás la lección más importante –destaca el autor–, Churchill nunca permitió que los contratiempos, los accidentes, los errores, la impopularidad o la crítica le llevaran al desánimo. Mostró en este sentido una enorme capacidad de reparación física y psicológica, -una gran resiliencia-, ante todos los avatares e infortunios que le presento la vida y constituye un ejemplo fantástico de cómo el éxito en la vida es, ante todo y sobre todo, un tema de actitud. Cuarto, Churchill perdió una cantidad sorprendentemente pequeña de tiempo en las mezquindades de la vida: el rencor, el odio, echar la culpa a los otros, buscar venganza, difundir rumores y chismes, nunca formaron parte de su agenda. Hoy seguramente no vería la tele y no estaría en redes sociales. Por último, esta ausencia de odio dejo mucho espacio para la alegría y el divertimento. Churchill supo siempre, en los momentos buenos y también en los no tan buenos, reírse, pasárselo bien y disfrutar de los grandes y pequeños placeres de la vida. Una vida de la que aprender.
Créditos imagen frontispicio: Marrakech and the Atlas Mountains, uno de los cerca de 500 cuadros que pinto W.S. Churchil durante su vida -también escribirá un ensayo sobre el tema ‘Painting as Pastime’- y donde destaco de manera más que notable.






Gracias Luis!
Have a great 2026!
Excelente , resumen . Gracias !